Todo el mundo hablaba de él, Pawel Pawlikowski. Y si algo tenemos claro, es que todo el mundo hablaba de su película.

En 2015 se llevaba el Oscar a mejor película de habla no inglesa. Pero Pawel Pawlikowski había empezado su carrera muchos años atrás y había experimentado con historias y formatos hasta forjar su mirada única, aunque como el mismo dice “En cada película trato de inventar el cine”. Así que mientras disfrutamos de sus dos grandes obras nos mantenemos a la espera de la siguiente, quizás completamente distinta.

Natural de Varsovia (1957) pronto viajó a Alemania, Italia hasta que finalmente se asentó en Reino Unido. Su carrera despega cuando empieza a hacer documentales para la BBC. Estos cuatro metrajes trataban sobre las situaciones de Europa central y oriental. Trabajos clave para su futura consagración como director ya que se dio cuenta de que “podía ejercer una especie de autoría sobre la realidad”.

Sus referentes más directos en el mundo del cine fueron: Polanski en su primera etapa, Munk, Goddard y Forman.

Decidió adentrase en el mundo del cine, aunque no dejaría atrás la parte histórica tan presente en sus documentales. Sus primeras cintas pronto comenzaron a adentrase por los festivales europeos haciendo del polaco un director de renombre. En estas películas como Last Resort, My summer of love u Oculta Pasión.  El director empezaba a experimentar con narraciones orgánicas, se adentraba de nuevo en el realismo social, perfilaba personajes ambiguos y trasladaba momentos personales y de la infancia a la pantalla.

El gran estruendo cinematográfico llegaría en 2013 con Ida la película que sacudió al mundo. Confesaba que cada vez le interesa menos el mundo exterior y más lo que tiene en la cabeza. Por eso su primer film en blanco y negro es un trabajo de imaginación, pero con un entorno social e histórico que acecha a los personajes.

La película narra la decisión de una joven huérfana que descubre que todavía le queda un familiar. Antes de tomar los votos y convertirse en monja, decide conocer a su tía y juntas se embarcan en un viaje de autoconocimiento.

La cinta se centra en muchos temas, aunque por su ritmo tranquilo y su fotografía estática no parece que se adentre en tantos. De hecho, en una entrevista comentaba lo siguiente “Si el cine tiene que ver con el movimiento, quería hacer totalmente lo opuesto”.

Con tomas estáticas, un encuadre de cuatro tercios sumado a un gran trabajo del tercio inferior del cuadro dotando a la parte superior de mucho aire, Pawlikowski nos lleva a una Polonia fría que empieza a dejar atrás el estalinismo. Usa la naturaleza de la fe en los personajes para llevarlos a la supervivencia. Pero sobre todo estamos ante un film escapista, un fin último del director “huir hacia donde se dirige la población y el cine” “Hay una gran necesidad de explicarlo todo y es allí donde se produce la muerte del cine”. Por último, afirmar las propias palabras del cineasta “No es una película narrativa, sino una meditación”

Y la verdad que el guion para el director polaco es simplemente un mapa de carreteras donde se dibuja la historia, pero cuando él realmente le da vida es en el rodaje. Su objetivo reside en controlar los planos para luego esculpir en ellos.

Tras triunfar, recoger la estatuilla dorada y volver a triunfar nos dejó con un vacío expectante. Es un director de pocas películas ya que todo el proceso de un largometraje le resulta complicado y en cierto término doloroso. La película nace como una historia y es ella misma quien se va moldeando y transformando hasta que llega a la pantalla.

Después de un largo tiempo, Pawel Pawlikowski nos volvía a sorprender. Nos ubicaba entre los años cuarenta y sesenta, regresábamos con él a Polonia y nos contaba una historia que surge de la vida de sus padres. Cold War nos devuelve al frío y al folklore de la mano de un caza talentos y una joven cantante. Un amor imposible, pero verdadero e intenso.

La narración es completamente realista, las actuaciones y el sentir de los personajes traspasan cualquier soporte. De nuevo, estamos ante un film en blanco y negro, el autor no vio otra forma de contar la historia y esto deriva en una fotografía excelente. Sigue jugando con las imágenes fijas y con las composiciones que parecen auténticas postales, pero incorpora movimiento. Poco a poco vemos como la cámara se desplaza por el film de una forma sutil y elegante.

Esperamos su siguiente film, mientras recordamos lo que su productora le comentó una vez “escribes tus películas con la cámara” y realmente en el mundo del cine… ¿Puede haber algo mejor que narrar en imágenes?


Claudia Salcedo Poch