Helena Rubinstein era una joven polaca con ganas de conocer mundo y con poco nivel de inglés.

Llegó a Australia y enseguida empezó a destacar por la blancura de su piel, la cual cuidaba con productos originarios de su país. Las australianas quedaban maravilladas y en poco tiempo Helena vendió todos los productos que llevaba en la maleta. Fue allí cuando vio la idea de negocio.

¿Por qué no vender productos cosméticos acorde con el tipo de piel de las clientas?

El ingrediente principal lo tenía muy cerca. Su tío se dedicaba a la cría de ovejas y estos animales a parte de la lana que producen, generan una grasa llamada “lanolina”. La joven decidió mezclarla con diferentes hierbas aromáticas como lavanda o cortezas de ciprés.

El éxito no tardó en llegar. Y aún no se habían empaquetado las cremas que las clientas ya las solicitaban

Con el dinero que había ahorrado se mudó a Londres donde abrió un salón de belleza y donde también se interesó en distintos temas como; la educación, el arte y la salud, en los que colaboró caritativamente.

Desde Londres amplió el negocio y lo convirtió en una empresa internacional. Sus productos no tardarían en llegar a Estados Unidos. La gran empresa fue creciendo hasta que aquella creadora joven que tuvo que emigrar acabó siendo millonaria.

Pero el camino no iba a ser tan sencillo, había otra mujer; Elizabeth Arden. Que al igual que la polaca sabía que lo que funcionaba eran los productos de calidad bajo un empaquetamiento de lujo.

Hoy en día la línea de cosméticos sigue existiendo y es una de las más apreciadas en el mundo de la belleza, un bote de crema bajo la firma de Helena Rubinstein oscila entre los doscientos y doscientos sesenta euros.

Helena Rubinstein siguió dirigiendo la empresa y recibiendo a sus clientas hasta sus últimos días, Una mujer comprometida y solidaria con lo que hacía y amaba.


Claudia Salcedo Poch