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«La Luz de detrás de mis ojos»: Capítulo 1

«Música para mis oídos»

No me considero una hater, pero la verdad es que odio muchas cosas. Las colas, las moquetas, el papel film o que solo funcione un auricular. La gente presuntuosa, egoísta, mentirosa y esa que al llegar a los treinta ya es asquerosamente rica. Por eso, me encanta soñar. Creo que es una de las cosas que más me gustan en el mundo. No hay nada como tener sueños mientras duermes. ¿Reconoces esa sensación de estar viviendo un gran sueño? Esos que no tienen sentido, donde ni siquiera reconoces a muchos de los personajes que aparecen en él. Y todo está tan ordenado, y todo fluye de forma tan natural, que eso es precisamente lo que te avisa que lo que estás viviendo no es real. Sin embargo, lo que pasa con los grandes sueños es que todos terminan antes de llegar al final. Normalmente, cuando estás en la mejor parte. Escuchas un sonido estridente. Tan chillón, molesto e irritante que serías capaz de matar sin arrepentimiento. Pues ¿sabéis que os digo? Que paso. A partir de ahora pondré el móvil en modo avión.

  • — ¿Diga?
  • — Uy, hija; qué voz. Son las nueve de la mañana, ¿todavía estabas durmiendo?
  • — Sergio, ¿qué quieres?
  • — Pero qué humor —resopló—. Tenemos que hablar —al escuchar eso me incorporé en la cama.
  • — ¿Vas a dejarme?
  • — Ni en tus mejores sueños.
  • — ¿Esto va en serio? —le pregunté arqueando una ceja—. O sea, ¿de verdad me has llamado un domingo a las nueve de la mañana para hablar de trabajo? ¿Tú no sabes que hay límites que no te cansas de sobrepasar? Porque podría demandarte.
  • — Yo no he dicho que haya venido en calidad de jefe. 
  • — Vete a la mierda —espeté—. Espera. Hola. Sí, tú, hola; ¿qué tal? —zarandeé al chico que dormía a mi lado. ¿Cómo se llamaba?—. Carlos, ¿no?
  • — Jorge. 
  • — Casi —chasqueé la lengua—. Mira, ¿ves el teléfono? Me ha llamado mi jefe y, al parecer, tengo que ponerme a trabajar. 
  • — Si es domingo… —se desperezó.
  • — ¡Anda! Si es la única puta persona coherente en esta habitación —le lancé los pantalones mientras Sergio resoplaba al otro lado del auricular—. Ha sido un placer, ¿eh? Venga, hasta luego —le estreché la mano mientras salía de mi casa un poco aturdido.
  • — Tienes que dejar de hacer eso. 
  • — ¿El qué? ¿Lo de cogertete el teléfono los domingos por la mañana? Ah, sí; yo también lo he estado pensado —me dirigí a la cocina. 
  • — Así no se encuentra un Ryan Gosling. 
  • — Tú eres el que dice que me desmadre de vez en cuando.
  • — Ya, pero eso a tu apellido…
  • — Ah, espera, ¿de repente me estás dando un consejo de manager? —le pregunté con un poco de retintín—. Porque la verdad es que hace tiempo que no ejerces como tal.
  • — Alicia —me llamó la atención.
  • — Si me has llamado por trabajo, será mejor que lo sueltes ya. Tienes cinco segundos para evitar que te cuelgue. Uno, dos, tres…
  • — Lo de Natalia no ha salido.
  • — ¿Cómo que no ha salido? —abrí los ojos—. Si ayer estaba contentísima —no estaba entendiendo nada. 
  • — Pues pregúntaselo a ella —escuché cómo suspiraba—. Su equipo la ha convencido para que se lo piense mejor. 
  • — Es decir, para que se vaya con otra agencia.
  • — Eso es.
  • — Lo siento —suspiré.
  • — Yo también.
  • — ¿Y ahora qué? —le pregunté. Mierda, tenía clarísimo que esta vez era nuestra.
  • — Ya sabes que siempre tengo un as bajo la manga…
  • — ¿Perdón? —me llevé la taza de café a los labios.
  • — ¿Crees que iba a dejar el futuro de mi agencia en manos de una cantante novata que se cree tiktoker? Eso es que no me conoces bien.
  • — Sergio, deja de echarte las flores que tu abuela nunca te tiró de una vez —le pedí.
  • — ¿Sabes quién es Nacho Martí?
  • — ¿Otro tiktoker? —pregunté. 
  • — ¿Tik…? Vas a tener que ponerte al día con estas cosas, eh… —me dejó caer. 
  • — Tienes los cojones de un mamut —solté—. ¿Hace falta que te recuerde que soy actriz? Porque, que yo sepa, ni publicista ni relaciones públicas. Lo que pasa es que tengo un repre bastante malo que no me consigue absolutamente nada —espeté con una pizca de condescendencia. Pilla la puta indirecta.
  • — Cuánto veneno, hija; cuánto veneno —dejó caer—. Si hace dos semanas te pasé tres anuncios. 
  • — ¿Me lo estás diciendo en serio? Eran de hemorroides, Sergio.
  • — Chica, por algo se empieza. 
  • — ¿Tú crees que la nieta de Laura Montiel puede hacer un anuncio de hemorroides?
  • — ¿Sabes qué dice mi madre? Que cuando hay hambre no hay pan duro. 
  • — Vete a la puta mierda —exacerbé. Estaba cabreada.
  • — Eres una pija deslenguada de mucho cuidado.
  • — Sergio, accedí a ayudarte porque tú me prometiste que ibas a ayudarme a mí. No lo estás haciendo —me puse seria—. Y estoy cansada.
  • — Ali, no es momento de ponernos quisquillosos ni de echarnos las cosas a la cara. No puedo ayudarte si mi agencia se está hundiendo. Pero con Nacho Martí todo va a cambiar. 
  • — ¿Pero quién coño es ese señoro? —le pregunté exasperada.
  • — Un pianista, inculta, un pianista —me dijo—. Es pianista y está conquistando el país. Le gusta a las quinceañeras, a las de veinte, a las de treinta y probablemente le guste hasta a tu madre. 
  • — ¿A mi madre? ¡Já! —me reí. Pobre ignorante. Mi madre solo está enamorada de sí misma. 
  • — A tu madre le gustaría —insistió.
  • — Pero ¿ahora te va la música clásica? —cogí el portátil y busqué su nombre en Google—. Pensaba que eras de rumbas, flamencos y cosas así. 
  • — ¿Eso es porque soy gitano?
  • — No sé qué coño te ha dado últimamente con esa coletilla que lo sacas para todo… —dejé caer—. No, no es porque seas gitano. Es porque lo más clásico que has escuchado tú es a Rosalía cantar en los Goya Me quedo contigo.
  • — ¿Quieres callarte y escucharme? Porque parece que no lo entiendes: lo está petando.
  • — Ya, veintiséis millones de búsquedas —abrí los ojos de par en par—. Joder con la música clásica. 
  • — Es moderna, idiota —espetó—. Encima está como un queso y no sé por qué, pero quiere que le representemos. 
  • — ¿Y cuál es el pero?
  • — No te alteres.
  • — ¡Sabía que había un pero! —me mordí el labio.
  • — Minucias.
  • — ¿Cuál es el pero, Sergio?
  • — Que ha pedido exclusivamente que lo hagas tú.
  • — Ah, no; olvídate —negué con la cabeza.
  • — Ali.
  • — Ni Ali, ni leches. No pienso hacerlo.
  • — ¿Por qué?
  • — Porque odio la música clásica —opté por decir. Es mentira, pero no quiero este trabajo, lo siento—. Odio a los artistas y al único pianista que recordaré y admiraré de por vida será a mi abuelo. 
  • — ¿No crees que es una buena forma de homenajearlo?
  • — Vete a la mierda —volví a decir. ¿Cuántas veces seré capaz de mandarlo a la mierda en esta conversación? 
  • — Ali, sin él estamos muertos —fue franco.
  • — No me incluyas en el saco. 
  • — Claro que te incluyo —se puso serio—. Real que la agencia se va a la mierda.
  • — Nos apañaremos —al fin y al cabo, siempre lo hacemos.
  • — Escucha, de verdad, lo necesitamos —insistió—. No estaría insistiendo si pudiera hacer otra cosa. Y créeme que he intentado convencerlo de que yo fuera tú. 
  • — ¿Y cómo es que no lo has conseguido? Creía que nadie era capaz de resistirse a tus encantos. 
  • — No lo sé, pero no le caigo bien —noté el retintín en su voz—. Es más, la última vez que lo he llamado se ha puesto una señora mayor. 
  • — Sergio Santaella enfrentándose a las madres furiosas —bufé.
  • — Tengo que darle una respuesta antes de mañana a las nueve. ¿Puedes pensarlo? —hizo una pausa. Iba a contestar, pero entonces añadió—: Sé que esto no es lo que tenías pensado, pero tal vez es una oportunidad. Quiero decir, no hay duda de que tienes talento para esto. Si no, está claro que Nacho Martí no te querría en su barco y yo no te dejaría que representaras al mío.
  • — Sergio, cállate. Sí —cedí—. Lo pensaré. Ahora déjame dormir. Me has dejado sin mi polvo mañanero y estaba soñando que estaba en el yate de Beyoncé.