Es una tarde especial. Madrid arde gracias al sofocante calor del mes de julio, pero eso no impide que esmóquines negros, vestidos largos y algún que otro despistado que se salta el protocolo se aglutinen alrededor de las puertas de uno de los teatros más bonitos de la ciudad: el Teatro Real. Porque sí, a los jóvenes también nos gusta (nos encanta) la música clásica. Y hoy, Status of Empire se estrena con la clausura de una de las obras más icónicas: La Traviata.

Una buena elección y no porque fuera el descubrimiento de Julia Roberts en Pretty Woman. Todas recordamos ese vestido rojo, ese aura de fascinación y extrañeza, y esa frase de Richard Gerela reacción de los que ven una ópera por primera vez es muy espectacular. O la aman o la odian”. Aunque esto último tiene que ver con uno mismo, el momento y la conexión. No obstante, creo fielmente que La Traviata es la ópera perfecta para quien no haya tenido el placer de disfrutar de una antes. Verdi tiene ese no se qué que atrapa al espectador sumergiéndolo en un mundo lleno de virtuosismo musical y falsetes dados al tono correcto.

Sea como fuere, el telón está a punto de levantarse y con el aforo reducido a la mitad y la primera nota de la orquesta, Nicola Luisotti, su director, hace su aparición estelar. Se quita la mascarilla al llegar a la tarima, ya que dispone de una mampara de metacrilato, y el teatro aplaude emocionado.

Tres, dos, uno, la música empieza a sonar y el coro se distribuye en escena, de forma cuadriculada, con mascarilla y respetando la distancia de seguridad. Con compromiso y profesionalidad se deshacen de la tela azul más reconocible en estos últimos meses y ahora sí que sí comienza el espectáculo.

Para quien no conozca esta obra, La Traviata habla de Violetta, una prostituta a la que la sociedad, hipócrita y burguesa, no puede permitir que se reúna en los brazos de su amado Alfredo. Y esto se puede apreciar en varias escenas, porque el egoísmo puro, duro, vil y cruel que emerge de los estigmas sociales es evidente desde ese tal Germont hasta un padre desorientado y arrepentido. Aunque eso es al final, claro; cuando nuestra pobre Violetta muere de dolor (y tuberculosis). Curiosamente, una enfermedad con síntomas parecidos a los de la Covid-19. Todo hay que decirlo.

Las medidas de seguridad del Teatro Real son ejemplares. Diplomacia, jerarquía y normas rígidas para evitar aglomeraciones. El descanso dura 40 minutos y a pesar de que en el foyer y antefoyer la gran mayoría se reúne para descansar de los gorgoritos entre tintineos, copas de vino y brindis improvisados, el respeto (y la distancia) se hacen presentes en forma de limitaciones.

Por eso, la clausura de La Traviata supone, en su conglomerado, el ejemplo perfecto de agradecimiento a la cultura del mundo. La sonoridad, las armonías y la robustez del drama se aprecian en tres actos donde las luces ganan a las sombras. Una impecable Lana Kos, un deslumbrante (aunque con poca elegancia) Ismael Jordi y el papel primordial por parte de los actores secundarios que ayudaron a ensalzar la trama principal. Todo ello en una puesta en escena simplificada, pero eficaz, que llegó al corazón de cada uno de los espectadores.

Porque cuando un teatro entero se levanta a aplaudir durante casi cinco minutos… ¿Qué más se le puede pedir?


Lauren Izquierdo

Directora de Status of Empire. Silencio es mi primera novela. ¿Mi mantra? "In order to be irreplaceable one must always be different".