Marc Martínez acaba de estrenar la segunda temporada de Hache en Netflix, confirmando el éxito de la ficción. Nacido en 1966, comenzó en el mundo de la interpretación siendo muy joven y con una pasión desbordante. Desde entonces ha intentado reinventarse haciendo de todo: músico, director teatral y actor en cine y series. Hemos tenido el placer de charlar con él sobre su trayectoria como profesional y como persona.     

Tienes una trayectoria muy polifacética: publicaste un disco de música, actúas y has actuado en muchas obras de teatro, has participado en la serie de Hache… ¿Hay alguna actividad que no hayas hecho y quieras hacer en el futuro?

He hecho tantas cosas… llevo 38 años en este mundo. ¿Qué me queda? Yo creo que he tocado todos los palos… el circo igual. Como dice mi madre: “aprendiz de todo y oficial de nada”. Ahora me intento centrar en mi carrera de actor en el audiovisual en series y películas, pero soy un actor de teatro, que empezó en el teatro y nunca dejé el teatro. Intenté compaginar la actuación de series y películas con las obras de teatro. Lo que pasa es que con la crisis del 2008 todo cambió y a partir de ahí me dediqué también a la música. La verdad es que soy culo de mal asiento.

Siguiendo el hilo de lo que me decías del teatro, ¿Qué prefieres el teatro o el audiovisual?

No depende tanto del medio sino más del material con el que trabajo y con el equipo. No te puedo decir que me guste más una cosa que la otra. Todas y cada una de ellas me dan cosas diferentes. Si tengo una buena película, un buen guion y el equipo es majo, te voy a decir cine. Pero, si tengo una historia que no vale nada y luego hay un director que no me deja fluir, te voy a decir que el cine no me interesa. En la música me pasó igual, estuve tres años en su mundo hasta que me cansé porque lo que veía no me gustaba.

A la hora de preparar una escena, ¿tienes algún tipo de concentración especial o ritual que lleves a cabo antes de salir a rodar una escena o actuar en el teatro?

En cada medio hay una técnica. En el cine cuando preparo un personaje intento trabajar en profundidad el texto, adonde me lleva, el sentido de lo que dices, el significado… porque yo, a veces, me encuentro con actores que están utilizando palabras que no saben decir y eso es muy grave. Si se enterase Marcello Mastroianni se enfadaría mucho con ellos.

Respecto a una cuestión emocional, yo me he basado mucho en mi familia, en cómo habla mi padre, en mi abuelo, que era boxeador. Es decir, cosas que me acerquen al personaje que yo tengo para que esa mentira que estamos contando, aunque sea basada en hechos reales, sea verosímil. Para construir ese Frankenstein que es Arístides hay que dotarlo de humanidad.

En el teatro es diferente porque yo ensayo una obra 4 o 5 semanas y es un trabajo más de capas, una cosa encima de otra, se repite muchas veces. En el cine todo va muy rápido, hay que tirarse a la piscina desde el primer día y ser muy atrevido. Eso en el teatro es diferente, tiene otro ritmo.

“En el cine todo va muy rápido, hay que tirarse a la piscina desde el primer día y ser muy atrevido” – Marc Martínez

Participaste en la película Tierra y libertad de Ken Loach ¿Cómo fue la experiencia de trabajar con un director tan conocido y con tanta proyección internacional?

Era joven tenía veinte tantos años y en una palabra fue un sueño. Poder conocer a Ken Loach, un artista con unos principios éticos y políticos muy dignos, muy fiel a sus ideas. Cuando digo muy fiel, no lo digo por decirlo, me refiero a que cuando un camarero le servía un plato de lentejas se levantaba para decirle: “muchas gracias por tu trabajo y por haberme traído el plato”. Yo cuando veía estas cosas, decía: “¡Hostia! En mi vida había visto algo así”.

La experiencia fue muy bestia. El rodaje era muy loco, muy improvisado, sin guion. Yo no había hecho la mili e intenté alejarme lo máximo del ejército. Pero, me tocó pringar y tuve que hacer instrucción para hacer la película. Una vez acabada la película, con el grupo de actores que hacían de milicianos: Icíar Bollaín, Sergi Calleja, Rosana Pastor… fuimos al festival de Cannes y lo petamos. Recuerdo los aplausos, media hora de pie en esa sala tan grande y yo pensaba: “Esto no me está pasando, esto es un sueño”. Y efectivamente la palabra que lo define es sueño. 

¿En qué momento supiste que te querías dedicar a la interpretación o que tu mundo estaba relacionado con el cine o el teatro?

Desde siempre, desde que era pequeño. Empecé con cinco o seis años, me pasaba todas las tardes en el teatro porque había mucho peligro en las calles y mi padre pensó que era mejor que estuviera en el teatro. Mi familia le gustaba mucho el “artisteo”. Desde los seis a los catorce cada tarde ensayaba en un teatro del barrio, muy comprometido. Yo viví el franquismo, me refiero a 1971 hasta 1975 y teníamos que cambiar las obras, había censura, cambiábamos el título… y eso ya me metió el veneno del teatro en las venas.

Más tarde, entré en la facultad a hacer biología porque quería ser médico pero me portaba muy mal en esos años, la noche me confundía y el rock and roll, porque tocaba la batería en un grupo de rock. El segundo año de Biología me tiré al ruedo y empecé mi carrera profesional en el teatro, en el cine y en la televisión. Empecé muy fuerte, a los dieciocho, con mucho trabajo y ofertas y pasé unos catorce años a tope.

¿La pandemia ha minado tu ilusión, la creatividad o el trabajo?

La verdad es que no. La pandemia está siendo muy jodida para la gente que vivía en una situación de precariedad. Yo me considero, dentro del panorama social, un privilegiado porque tengo una familia que está sana, tengo trabajo con Hache y he hecho una película hace poco llamada Live is life de Dani de la Torre. Además, colaboro en una serie llamada Maricón perdido para El Terrat. Entonces no me puedo quejar, claro que afecta, pero hay que sobreponerse. La gente que está bien tiene que tirar del carro con más motivo porque no queda otra. Tengo 55 años y veo la vida diferente que cuando tenía 26 y estaba haciendo Tierra y Libertad porque el centro del mundo era yo.

¿Sigues teniendo la misma dedicación por conseguir nuevos objetivos que cuando eras joven?

Diferente, pero sí. Se cambia mucho o al menos a mí me pasa, soy un capricornio a fuego lento pero cada vez me siento más feliz y confiado. Lo veo en mi carrera y en mi día a día. Antes, yo hacía tres trabajos al día. Me levantaba a las 5 de la mañana y me iba a rodar una película, luego hacía un programa de tele y por la noche hacía teatro. Solo trabajaba y no vivía.

Como decía Rubianes: “el trabajo no dignifica, la vida dignifica” y quiero vivirla en libertad. Ahora tengo ilusión porque van a ser unos años muy buenos donde entro en la madurez actoral y prefiero centrarme en mi carrera como actor audiovisual. Tengo fe y confianza en que van a salir cosas muy buenas como este Arístides en Hache.  

¿Cómo fue participar en una serie de Netflix con una proyección tan internacional?

El rodaje fue alucinante porque se parece más a una peli que a una serie. Cuando haces una peli, las cosas van con mucha conciencia pero cuando haces una serie, ya no te digo un culebrón, es un pasen y vean  porque manda el tiempo y se tiene poco dinero. Sin embargo, aquí se trabaja a un ritmo más cinematográfico y eso es muy de agradecer. Pudimos ensayar para que el arranque fuera potente.

Lo que noto mucho es que cuando la gente ve la serie, aunque se pierda el estreno en cines, recibes mensajes de personas de países como Turquía, de la India o de Perú. Esto lo hace divertido. Pero, lo que queremos nosotros es trabajar, no vivo de que me envíen un mensaje maravilloso. Me gusta y me acaricia el ego, pero si me llamara un productor de Albacete también me gustaría.

¿Qué supone para ti la cultura o tener educación cultural?   

Ahí me has tocado (se ríe). Después de las elecciones de Cataluña es la primera vez que en el parlamento va a haber un grupo de diez asientos de Vox y tengo miedo de lo que pueda suceder. Es importante que la cultura crezca porque es el mejor antídoto contra el fascismo. No me refiero a ir a ver musicales. Me refiero a, que igual que lo es la Sanidad o la Educación, que la Cultura sea un bien público y que la gente más humilde pueda tener acceso a productos de primera calidad. Yo empezaría por ahí. No solo una cultura del ocio o del entretenimiento. Que parece que cuando hablamos de cultura nos referimos a teatros de mil personas de una franquicia de un musical venido de Estados Unidos. Esto no es así, la franquicia también es la gastronomía, las tradiciones populares, las casas de colonias, los campamentos… todo esto forma parte de unas raíces y de una tradición de cada pueblo ya seas de Galicia, de Lleida o de Jaén y hay que respetarlo. Es la manera más bonita y elegante para luchar contra la barbarie que supone la subida del fascismo en los parlamentos de los pueblos. Me asusta, pero creo que con la cultura podemos combatirlo.


Oliver De la Torre