Meritocracia es un término que proviene del latín merĭtum «debida recompensa», a su vez de mereri «ganar, merecer»; y el sufijo -cracia del griego krátos, o κράτος en griego, «poder, fuerza». Se trata de una forma de gobierno que se basa en el mérito. Pero, ¿y si el mérito no es suficiente?

Según este sistema, si todas las personas tienen las mismas oportunidades, solo triunfarán aquellos con auténtico talento y esfuerzo. Esto, a primera vista, parece bastante justo: si te esfuerzas, llegarás lejos; si consigues el éxito por tus propios medios, estás en el camino correcto, eres un triunfador. Sin embargo, la realidad no es así. Michael Sandel, profesor de Derecho de la Universidad de Harvard, ha explicado en su último libro La Tiranía de la Meritocracia, que esta idea está llena de falacias y oculta varios problemas.

El primer problema es que no «estamos a la altura de los ideales meritocráticos», es decir, las oportunidades no son las mismas para todos. Si una persona nace en una familia adinerada, ya cuenta con mayores posibilidades de éxito que otra persona que ha nacido en el umbral de la pobreza. Los padres adinerados pueden ofrecer a sus hijos unas ventajas educativas y culturales a las que otros no tienen acceso.

«La meritocracia crea arrogancia entre los ganadores y humillación hacia los que se han quedado atrás».

Michael Sandel

El segundo problema, según Sandel, viene de la actitud ante el éxito. En teoría, según la meritocracia, todos los méritos que obtenemos se deben a nuestro esfuerzo, a que tenemos talento y nos lo merecemos. Sin embargo, no es así. No se trata de ganadores y perdedores sino de auténticas oportunidades y la situación personal de cada uno. Claro que hay que esforzarse, pero en muchas ocasiones no es suficiente.

Si la meritocracia es tan mala, ¿por qué tantos políticos la abrazan?

Esto se debe a que, según Sandel, se evita acabar directamente con la desigualdad. En concreto, los partidos de centro-izquierda ofrecen la idea de que se puede ascender socialmente, en vez de reducir las desigualdades a través de políticas económicas.

Con el mensaje inspirador de «si te esfuerzas, consigues el éxito» se crean falsas esperanzas entre los individuos. Es también una forma de obtener dinero a través de instituciones como la universidad. Entonces, a través de la meritocracia, se crea la idea de que si trabajas duro, puedes mejorar tu condición.

«El error es asumir que crear más igualdad de oportunidades es una respuesta suficiente a las enormes desigualdades de ingresos y riqueza que ha provocado la globalización neoliberal».

Michael Sandel

En lugar de centrar el mensaje en la meritocracia y la filosofía del esfuerzo, nos deberíamos centrar en la «dignidad del trabajo». Durante la pandemia del coronavirus se ha demostrado que la meritocracia quedo relegada a un segundo (o incluso, tercer plano). Los trabajadores esenciales, los que más aportan al bien común, no son aquellos con mayor éxito. Quizás el coronavirus pueda centrar el debate sobre cuál es la verdadera importancia del trabajo.

Entonces, ¿el talento lo es todo? No. El éxito se debe a una mezcla de factores: tu situación individual, tu esfuerzo, tus estudios, tu suerte… Hay que trabajar duro para conseguir nuestros objetivos, pero tampoco hay que sentirse como un perdedor si no se consigue. El mérito en nuestra sociedad no nace de la inexistente igualdad de oportunidades, sino, precisamente, de todo lo contrario.


Paula Jiménez

Periodista en proceso de creación. Apasionada de Marvel, Disney y todo el periodismo internacional, combinación curiosa, ¿no? En un futuro, espero poder vivir en todos los lugares posibles dedicándome a esta profesión tan apasionante. Como dijo Walt Disney una vez “the era we are living in today is a dream coming true.”