Vivimos en un estado constante de alteración. Todo sucede de forma vertiginosa, rápida e impredecible. La época que nos ha tocado vivir es así, estamos rodeados de estímulos constantes y la competitividad es norma de nuestro día a día. Los días nos parecen cortos y rogamos que las horas pasen más lentas para poder llevar a cabo todo aquello que queremos hacer. Algunos trabajan, otros estudian, unos tienen niños u otras obligaciones y queremos compatibilizarlo con una vida social sana. Es muy difícil vivir ahora, al contrario de lo que nos han hecho creer durante tanto tiempo. La modernidad exige dedicación porque si no estás dentro de esta rueda en movimiento es poco probable que cojas el ritmo. Dentro de todo este bullicio, escuchamos: “es necesario que aprendas idiomas, es bueno para tu futuro”.

¿Qué futuro? Para nosotros, las generaciones jóvenes, la palabra “futuro” es casi un tabú. No sabemos hacia donde nos dirigimos y a medida que pasa el tiempo, ese devenir es cada vez más incierto. Más negro. La emergencia climática (de la que poco han conseguido en la reciente reunión en Glasgow), la pobreza, las guerras políticas, las personas que son tratadas como mercancía (increíble lo que está aconteciendo en la frontera entre Polonia y Bielorrusia), la pandemia, la cada vez más mermada salud mental… Visto así, no es un futuro por el que merezca la pena luchar.

La falta de motivación para aprender un nuevo idioma tiene que ver con un problema conceptual que se encuentra en la propia base de nuestra sociedad occidental. Nos han ido inculcando la necesidad de aprender lenguas como un acto puramente egoísta, que nos llevará a poder triunfar en el “futuro”. Raro es que alguien nos haya transmitido la relación entre idioma y comunicación. Esto último es lo que necesitamos los jóvenes. Una lengua no es más que un vehículo que sirve para comunicar ideas y palabras a otra persona. Pudiéndonos comunicar, ese fututo sería sin duda mucho más apacible. Tenemos que desterrar ese egoísmo característico del ser humano por una mentalidad más fraternal. Solo en ese sentido, encontraremos una verdadera vocación al aprendizaje de idiomas.

Cuestión aparte es el dinero. Aprender = inversión. La propia palabra lo implica, la inversión requiere de un apoyo económico. En un mundo con tanta desigualdad es muy difícil tener el dinero suficiente como para pagar una academia o un profesor particular que te pueda ayudar con los idiomas. Además, es sabido que los jóvenes cada vez tienen más dificultades para alcanzar la ansiada independencia económica. Conociendo esto, es normal que sean incapaces de invertir en su educación.

No es de extrañar que las nuevas generaciones luchen por cambiar las cosas, porque hay muchas cosas que modificar. Cuando el futuro es desconocido, la juventud lo resiente. Cuando el presente solo proyecta el devenir, la juventud se muestra expectante. Ante un mundo muy mejorable tanto en aspectos de igualdad como de mentalidad, al final, la inversión de tiempo en idiomas se vuelve cada vez más dudosa. Sin embargo, es necesario aprender lenguas porque son el motor del cambio. La comunicación es necesaria para unir a los jóvenes y demostrar lo que valemos.


Oliver De la Torre

Soy un joven corriente con nombre extranjero. Escribo sobre cultura y aquello que me haga aprender nuevas cosas. Vuelo y me alimento de mis pasiones, ya sea cine, libros o música. ¿Qué seríamos sin el arte?