No es novedad entrar en cualquier red social y saber que existen determinados perfiles catalogados como un canon de belleza reglamentario. Aunque esto sea motivo de decepción, estrés y, obviamente algo insano, está ahí y es inevitable querer verse bien. O mejor de lo que se está. Hoy hablamos de la cirugía estética.

Diríamos que la lista es esta: una cara fina, con pómulos marcados, cejas elevadas, ojos rasgados (o foxy eye), nariz afilada y labios gruesos. La lista de los deseos en base a lo que día tras día vemos en Instagram y otras plataformas. Es curioso que, a medida que vemos algo diariamente nuestro cerebro se acostumbra y lo añade a un saco de usos sociales y comunicación. Por si eso fuera poco, es innato que dotemos de sentido esos significados que nos rodean.

No es, por tanto, de extrañar que a medida que avanzan nuestras acciones en las redes sociales, se desee tener un físico como el de esa famosa tan adinerada, con rasgos en perfecta sintonía y cuerpo idílico. Han de verse las operaciones estéticas como una mejoría, partiendo de la libertad individual. Al mismo tiempo, quienes no están de acuerdo con ellas, poner en práctica el respeto para aceptar que cada quien haga con su físico lo que necesite o quiera. El problema radica en aquellas personas que creen que «son feas» porque no se operan. Lo primero es aceptarse sin depender de cirugía.

El problema radica en aquellas personas que creen que «son feas» porque no se operan

# No todo es real

Muchos rostros perfectos en el mundo de las maravillas instagrameable no son de verdad. Antes de publicar una imagen se pueden hacer retoques mediante aplicaciones para blanquear dientes, alisar la piel quitando cada poro, granito o línea de expresión. Hay perfiles que varían muchísimo de una foto a la realidad. Y nos quitamos el sombrero ante aquellas personas influyentes que reconocen abiertamente que editan sus fotos antes de subirlas. Chapó.

Cuando alguien se expone tanto, da por sentado que un gran número de usuarios lo miran con lupa, este acto es más que suficiente para querer mostrar la mejor versión de uno mismo. Y no solo en cuanto a estilo de vida se refiere, sino a una piel perfecta sin un solo error o brillo.

Se entiende que un rostro definido por labios carnosos y nariz afilada sumados a un cuerpo esbelto y delgado es símbolo de alguien sexy. No te equivoques. Primero porque la sensualidad está en uno mismo: sus actos, su manera de ser y de expresarse. Siéndolo por uno mismo y no para alguien más. Segundo y último: porque un cuerpo con más kilos de la cuenta puede ser sexy. Y otro con menos kilos, también. Lo mismos sucede con narices grandes, ojos redondos en vez de rasgados, clavículas sin marcar, piel de naranja en los muslos, senos pequeños y acné.

Instagram profile @Kendalljenner

# Las comparaciones sí lo son

Miente quien diga que no ha cuestionado su belleza o su cuerpo en base a una imagen o una talla. No es para sentirse culpables, sino humanos. También miente quien diga que el proceso de quererse a uno mismo es pan comido desde que nos rodeamos de perfiles tan accesibles en la era digitalizada.

Y eso de que las comparaciones son odiosas hasta tal punto de gente que es capaz de reconocer que se odia a sí misma. Claro está, de la tecnología (para ver este tipo de cosas) puedes hacer que sea una gran aliada o una enemiga. El caso es que uno no puede dejar de confiar en sí mismo ni en sus dones solo por unas fotos de modelos presumiendo de vacaciones.

«Nueva cara pero, ¿mente sana?»

Además, puede ser un reto o una motivación usar el ejemplo de alguien que admires para alcanzar tus objetivos, pero no una agonía constante por la comparación y el malestar que psicológicamente genera. Todos hacemos cosas para tener buen aspecto, como usar maquillaje, peinarnos, elegir ropa que sienta bien, cuidar la barba, usar lentillas incluso para prescindir de las gafas en algunas ocasiones y una larga lista llamada etcétera. Pero esto a veces va más allá.

# ¿Conocías «The Swan»?

En 2004 se hizo muy famoso un programa en Estados Unidos, este se llamaba «The Swan» (El cisne). Era un espectáculo que transformaba el aspecto de unas cuantas mujeres y después competían entre ellas para ver quién había quedado más guapa. Posiblemente pienses que se trataba de un «Cámbiame«, tan solo jugando con el pelo, la moda y el maquillaje. Pero no, esto iba más allá, pues el programa contaba con cirujanos, una terapeuta, odontóloga estética, entrenador y especialista en terapia vital. Según vemos en el documental «En bref: cirugía estética», disponible en Netflix.

Los críticos reaccionaron y lo calificaron de «perjudicial y repelente». Otro titular destacado decía: «Nueva cara, pero, ¿mente sana?». En una entrevista, una periodista llegó a decirle a la presentadora: «No las hacéis feas, ni mediocres. Les dais pechos».

The Swan by PIXIMUS

# La necesidad y deseo de las cirugías

La belleza no ha de doler. Tengamos en cuenta que los orígenes de la cirugía estética se remontan a la Primera Guerra Mundial, cuando los soldados heridos sufrieron desfiguraciones en el rostro por las heridas de las balas y otros elementos. A algunos les impedía comer y respirar bien. Otros habían perdido por completo las facciones faciales naturales, siendo diferentes.

Los cirujanos tomaban huesos o cartílagos de otras partes del cuerpo para recrear aquellas zonas que querían mejorar. Era una necesidad. Lo que no es una necesidad es una cirugía por sentirnos inferiores tras ver imágenes de personas a las que ni hemos visto en la vida real, solo por Instagram. Es genial alcanzar el físico deseado, ser como queremos y expresarlo, pero porque queremos; esa es la clave. Hacernos algún cambio por deseo y no por comparación o nefasta aceptación de uno mismo después de ver las redes sociales.


Carla Pérez Martínez