Las relaciones son complicadas. Cuando pasa el tiempo, ya no quieres que alguien te diga lo guapa o guapo que estás. Tampoco quieres un regalo por obligación sin atención cada aniversario. Ni alguien que te prometa estar siempre en una vida pintada a la francesa; como la vie en rose. Tan solo te basta alguien que te empuje y te apoye, que crea en ti. 

Eso es lo importante, actuar de acuerdo a una lealtad y fe ciega. Por raro que suene, solo queremos que crean en nosotros y en nuestra máquina para volar. La lealtad va ligada a este juego de toma y dame, pero siempre hay fallos técnicos y nuestro sistema se detiene cuando encuentra algo que no le deja avanzar. 

Hablamos de estancarnos en el sentido más literal. Querer avanzar por el amor y sentimientos, pero no poder. Es una batalla importante entre el cerebro y el corazón. Todos, a lo largo de nuestra vida, hemos vivido esto una o varias veces incluso. Estancarse en pareja es normal y es un punto de inflexión necesario para ver si realmente merece la pena apostar por alguien más que nosotros mismos o si es el momento de comenzar una nueva etapa. Sencillamente este momento llama a la puerta, cuando menos lo esperáis, y viene la piedra gigante a medio camino que no se quiere mover. 

Hablar de relaciones es, para una servidora, algo nuevo y complicado. Una profesora de la Universidad Complutense de Madrid dijo que no había nada más absolutamente complicado que las relaciones humanas. Lo de que cada persona es un mundo ya lo sabemos y no nos cabe duda. Pero, ¿por qué se detiene ese “motor-amor” una vez que algo no está saliendo bien en lugar de resolverlo todo con nosotros mismos y nuestra pareja? Hay dos salientes para ello: comodidad y susceptibilidad. 

Estancarse en pareja es normal y es un punto de inflexión necesario para ver si realmente merece la pena apostar por alguien más que nosotros mismos o si es el momento de comenzar una nueva etapa

Cuando estamos cómodos, a menudo es porque algo nos resulta familiar. Nuestro umbral interno reconoce algo que ya ha vivido y le ha gustado. Una actitud placentera ante aquello que se nos ha quedado escondido en la mente, puede salir cuando menos te los esperas del archivo y hacerte sentir bien. A menudo, por nuestra infancia también, podemos encontrar refugio en ciertos momentos en pareja. Aludiendo así a lo entrañable, la atención, el cuidado y confianza plena. Todo lo que nos resulta cómodo nos gusta, porque podemos sentir que actuamos en armonía con nosotros mismos y que no hay tapujos ni cuidado por algo que se llama “seguridad”. La comodidad en pareja, trae la confianza para “ser” y de aquí se obtiene la seguridad, o lo necesario para sentirte en casa. 

Si de repente, esta seguridad se ve trastocada,  o si de golpe no nos sentimos cómodos, querremos volver a aquello que nos hacía felices. Aquí se enciende la alarma de “ya nada es cómo antes” y pasamos a ser detectives con lupa por cualquier movimiento brusco… y leve. Pero no es malo, es humano. Cuando alguien deja su casa para irse a estudiar busca compañeros que le recuerden a su grupo de amigos, o por lo menos que tenga características personales para estar en un clímax más cómodo. La persona que se va de algo a lo que estaba acostumbrada buscará que esa etapa o lugar nuevo le resulte familiar porque si no, creerá que no es feliz ya que no parará de recordar lo bueno. En el amor ocurre lo mismo, pero todo está en la cabeza.

La comodidad en pareja, trae la confianza para “ser” y de aquí se obtiene la seguridad, o lo necesario para sentirte en casa

Después de sentirnos así, entraría en juego la susceptibilidad, que nos mantiene alerta y nos hace ver cosas que estando feliz nos harían risa, o tener un ligero pique en pareja pero siempre desde el humor y el respeto. Sin embargo, una vez trastocado el lugar donde se era feliz, esta sensibilidad al cambio, nos mueve a actuar diferente y a querer de nuevo todo lo anterior. Esta retroalimentación entre X, que cree que todo sigue igual y no se molesta en avanzar o tener un detalle y entre Y, que todo es insuficiente, está más triste y desea “lo de antes”. 

Cuando un coche no tira, y se para. Hay dos opciones; podemos bajarnos y seguir caminos diferentes hacia lo que realmente buscamos en el viaje de nuestra vida, o podemos tirar juntos de él, empujando mientras cantamos nuestras canciones favoritas y llegar juntos al mismo punto de meta. Esto es algo muy personal, “y cada uno es un mundo”. Los atascos en nuestras relaciones se van fomentado hasta por lo más mínimo y va recorriendo cada fase una y otra vez hasta que las mentes no pueden más o hasta que se llega a una despedida.

Una relación sana y fuerte, que avanza en los retos, no se consigue diciendo lo que se quiere, sino creando esta interacción  juntos

Sea como sea, es que nadie es tan imperfecto como el ser humano. En su inmensa minoría. En un plano más general. Y que cargar mochilas de piedras le pesa hasta a la persona más fuerte del mundo a largo plazo. Lo mismo ocurre con la culpa, con el daño, etc… Una relación sanas y fuertes, que avanza en los retos, no se consigue diciendo lo que se quiere, sino creando esta interacción juntos. Con la capacidad de aprender a ver los errores propios, con paciencia, amor y muchísimo respeto. Abandonar a la primera de cambio no es una relación sana, sino pueril y crea daños colaterales. Pero claro, en el mundo de las relaciones personales, todo vale cuando hablamos de respeto, aunque no lleguemos a entender bien una postura. El atasco seguirá estando vigente en cada relación, porque preocuparse y pensar de más es humano, y a veces necesario para saber si esa persona es para ti… o no. 


Carla Pérez Martínez