Sinceramente, no sé cómo empezar esto. Te juro que no lo sé. Me he atribuido este cargo porque precisamente tú siempre me decías que era «de lo mejor de la prensa de moda», que era de las buenas, y que un día tendría que escribir tus memorias porque Netflix no tendría los cojones de hacerlo. Así que, supongo que hago esto por egoísmo, porque es de la única forma que sé: escribiendo. Aunque creo que, en parte, es necesario, porque lo que se escribe en tinta se hace eterno, y tú, si algo eras, eres y serás siempre, es eterna.

Recuerdo que la primera vez que nos vimos fue en tu segunda casa. Bruno me dejó contigo porque siempre estáis a tope y yo pensé «menuda energía tiene esta chica». A las pocas semanas, insististe en que fuéramos a comer y te llevé al Oven de Gran Vía porque quedaba cerca de la ofi. Llegaste tarde. Porque eso era algo innato en ti. Era algo «que todos los que trabajan en el mundo de la moda saben y yo debía acostumbrarme». Desde ese día, Cande, nos hicimos amigas.

Y es curioso porque no puedo decir que te conozca de toda la vida. No conozco a tus padres o a muchos de tus amigos, aunque ellos han oído hablar de mí y yo de ellos. Sin embargo, lo que teníamos era especial. Es imposible no quererte. Siempre estabas con la coña de que no éramos amigas, pero en Fabra, si un día no quedábamos después del curro, preguntaban si nos habíamos enfadado, porque tú y yo, hasta el infinito y más allá.

El verano pasado fue nuestro, gordi. Éramos, somos y seremos muy distintas; pero sé a ciencia cierta que nos queríamos como nadie. Siempre hemos sido el bote salvavidas de la otra, el sentimiento de hogar, de pertenencia, de la clara definición de lo que es el amor. Eras la primera que se leía mis columnas, la que se compraba mis libros, la que se escuchaba nuestros podcast poniendo lavadoras y la primera que me cogía el teléfono cuando sentías que algo no iba bien.

Creo que no hay nada de lo que no hayamos hablado. Me ayudaste cuando me despidieron de mi primer curro por la crisis del sector, me ayudaste con mis crisis de ansiedad, con mis problemas amorosos, de familia, de amigos, con los que yo tenía conmigo misma. Y yo hice lo mismo contigo. O al menos lo intenté. Recuerdo que un día me dijiste que te encantaban las aceitunas, y compré un bote para que tuvieras entretenimiemto cuando venías a mi casa a llorar. El vino lo traías tú. Ahora no sé quién se comerá las aceitunas, ni quién molestará a mis vecinos con dramas del corazón. Cande, todavía estoy en shock.

La última vez que nos vimos fue la semana pasada, creo que fue jueves, pero no estoy segura. Fuimos al Bastardo y nos tomamos dos copas de vino y dos empanadillas de ropa vieja. Llevabas un abrigo bastante chulo, pero yo te dije que me recordaba al sofá de mi abuela. Hiciste una broma relacionada con lo mucho que nos queríamos y entraste. Recuerdo que estabas llorando, por agobios varios. Yo me limité a escucharte, a tratar de animarte y a darte los consejos que, a pesar de que nunca me aplico, eran buenos. Me preguntaste de nuevo si era tu amiga o tu enemiga, porque ambas sabemos que siempre te decía aquello que no querías escuchar. Pero también sabías que tenía razón y que luego vendría el «te lo dije» que tanto odias.

Para tratar de animarte, te di mi regalo atrasado de cumpleaños. Te regalé la edición de bolsillo del libro que llevaba en el bolso el primer día que nos vimos, «Con el amor bastaba», de Máximo Huertas. Tú me miraste y me dijiste, «¿cómo es posible que te acuerdes de esto?'», yo alcé los hombros y te dije que era algo típico de Lauren Izquierdo, pero que pensaba que tenía razón, porque al final, con el amor basta. Tú te reíste, me dijiste que era una ñoña y que te recordaba a tu padre. Ahí empezaron las anécdotas y las lágrimas quedaron atrás.

Cande, ayer me volví loca. Llamé a toda las personas maravillosas que tenemos en común. Hasta que me lo dijeron. Me apoyé en la pared y me dejé caer porque no me lo creí. Sigo sin creérmelo. Me niego a creerlo. Anoche me enfadé con todo el mundo que subía fotos y te escribía notas porque no lo entendía. Hoy no paro de recibir mensajes de pésame y sigo sin aceptarlo. Gordi, no sabes la de cosas que tengo que decirte, la de abrazos que tengo que darte, la de copas de vino que nos quedaban por compartir, la de Navidades y veranos que nos quedaban. Y Cande, tengo miedo, porque no sé qué es lo que voy a hacer sin ti. De verdad que no lo sé.

Aunque, no puedo culparme por estar perdida, porque al igual que yo, hay personas que se han quedado sin la luz que les iluminaba el camino, porque tú siempre serás esa luz que mantenía la paz en medio del caos, esa voz de pito burlona que era capaz de revivir hasta un cactus muerto, ese abrazo y esa anécdota que necesitabas justo en el momento en el que la necesitabas. Eras Candela Noverques, la puta fucking ama de Madrid y Valencia, una PR excelente, una chica con más trayectoria que los camiones de su padre, una amiga increíble, una persona increíble. Tanto, que no encuentro las palabras que te definan porque no existen, no para alguien como tú.

Cande, solo espero que, estés donde estés, seas feliz y la vida te haga justicia, porque te lo mereces más que cualquier otra persona en el mundo. No me quiero despedir y no voy a hacer. Solo quiero que sepas, por si no te lo he dicho lo suficiente, que te quiero, que te quiero con toda la intensidad, el drama y la verdad que alguien puede sostener en cada centímetro de su cuerpo. Desde hoy el cielo tiene una estrella nueva que va a ser la envidia de todas las demás. Yo seguiré cuidando y queriendo de los que te cuidaban y de los que te querían, por las dos. Te lo prometo.

Descansa en paz, gordi.


Lauren Izquierdo

Directora de Status of Empire. Silencio es mi primera novela. ¿Mi mantra? "In order to be irreplaceable one must always be different".