Con la llegada de la Covid-19 la productividad tóxica ha incrementado considerablemente. Con el confinamiento generalizado de la población a lo largo del mundo, el mercado laboral tuvo que reinventarse y recurrir al ya conocido y extendido teletrabajo. Las oficinas cerraron y sólo el considerado personal esencial pudo salir de casa a trabajar.

Con la posterior desescalada y las sucesivas olas de contagios, el teletrabajo ha incrementado su presencia y se ha consolidado en muchos ámbitos. Puede que te preguntes qué relación tiene con la productividad tóxica. Simple. Distinguir entre horas de trabajo y horas de ocio se ha complicado y las personas sienten una necesidad constante de ser productivas y destacar.

La crisis sanitaria de la Covid-19 ha traído consigo una crisis económica y social que ha conllevado la destrucción de miles de empleos. Tan solo en 2020 el coronavirus acabó con 622.600 trabajadores menos. Por lo que para muchos trabajadores -especialmente los que teletrabajan- aumenta la necesidad de destacar. La necesidad de probar que, pese a no estar en la oficina, se esfuerzan más que nunca. Aumenta la sensación de tener que estar disponible las 24 horas del día y de trabajar más horas para poder obtener más logros.

La productividad tóxica surge cuando una persona tiene el deseo insano de ser productivo a todas horas. Pero no solo ocurre a nivel laboral sino también a nivel académico. Cada vez se exige más. Más cursos, más nivel, mayores calificaciones y mayor experiencia. La pandemia ha incrementado las exigencias. Las personas tienen que estar 100% preparadas para trabajar y en el empeño en abarcar todo cada vez se tiene menos tiempo para uno mismo.

En España, el paro juvenil sigue disparado al 38%. Esto incrementa la necesidad de los jóvenes de tener mejores referencias, mejores calificaciones y experiencia. Todo suma en alza y el ritmo de vida se vuelve frenético. La búsqueda de éxito constante en todos los niveles (laboral, académico e incluso deportivo) es cada vez mayor. Y también la presión y necesidad de conseguir todo lo que uno se proponga.

La productividad tóxica no es un fenómeno nuevo, pero suele incrementarse en los momentos de mayor incertidumbre. En las primeras fases en las que una persona se siente productiva puede mejorar su sensación de bienestar y enmascarar su estrés, pero posteriormente produce el efecto contrario. La autoexigencia, la competitividad, la adicción al trabajo y a la necesidad constante de mantenerse ocupado puede derivar en situaciones complejas de salud mental.

Según el reportaje publicado por S Moda la productividad tóxica puede tener efectos nocivos para la salud. El insomnio y el estrés suelen ser los primeros indicadores que, si no se tratan con un profesional, pueden desencadenar en ansiedad y depresión. La conciliación de la vida personal y profesional se hace cada vez más complicada, y la obsesión de seguir abarcando cada vez más suele conllevar al estancamiento y al agotamiento académico y laboral.


Paula de la Vega