En los últimos días se ha hablado mucho del vestido Schiaparelli Haute Couture que lució Lady Gaga –creación simbólica, que va más allá de la esencia del propio vestido– adornado con una paloma dorada.

Elsa Schiaparelli –artista de la moda y una de las diseñadoras más influyentes de la historia, junto con Coco Chanel que, con desprecio, la definía como “esa artista italiana que hace vestidos”– creó un universo que combina moda y arte y que, desde siempre, ha estado poblado por un fantástico bestiario.

Mezclándose con grandes artistas, aprendió a reinventar la ropa. Frecuentó los grandes exponentes de la vanguardia francesa y estadounidense –Marcel Duchamp y Man Ray, entre otros– y estos encuentros enriquecieron su moda y sus creaciones con influencias e originales ideas creativas, pero la colaboración que dejó una huella única fue la que instauró con un artista creativo, atrevido y poco convencional como ella: Salvador Dalí.

Cuando Elsa y Salvador se encuentran por primera vez –un encuentro inevitable entre dos maestros de la creatividad y la extravagancia– la couturier ya había elaborado su estilo rico e imaginativo, compuesto de inspiraciones cubistas, suéteres-tatuaje, creaciones con trampantojos en blanco y negro en puro estilo optical e impactantes capas rosa shocking.

La creación más icónica nacida de la colaboración entre Dalí y Schiaparelli es el vestido langosta

La creación más icónica nacida de la colaboración entre Dalí y Schiaparelli es el vestido langosta, que llevó por primera vez Wallis Simpson, poco antes de su matrimonio con el duque de Windsor, en una sesión de fotos de Cecil Beaton para la edición de Vogue de 1935.

La langosta, con su interior suave y su caparazón duro, era una clara referencia erótica, un símbolo querido por Dalí que aparece en su arte en diversas formas. En la primavera de 1937, Elsa le pidió a Dalí que diseñara una langosta para un modelo de vestido de noche de organdí blanco. Dalí dibujó una enorme langosta rojo sangre que cosió en la parte delantera del vestido, entre los muslos. Era una versión abiertamente sexual del clásico vestido blanco, tradicionalmente vinculado al tema del matrimonio y de la supuesta virginidad de la novia.

Fue un desafío al buen gusto de la época. Puede, pero no fue solo eso, fue mucho más. Fue un desafío al papel tradicional de la mujer en la sociedad.

Para Schiaparelli, visionaria y primera diseñadora de moda femenina en aparecer en la portada de la revista estadounidense Time –era el año 1934, y ni siquiera lo había conseguido Coco Chanel– «Un vestido no es solo tela: un vestido es un pensamiento», y con creaciones como el vestido langosta lo demostró sin lugar a dudas.


Eleonora Montanari