¿Son más competitivos los hombres? ¿Les cuesta menos a las mujeres generar empatía? ¿Quiénes son más propensos a la promiscuidad? ¿Tienen los hombres más facilidad con las matemáticas?  

Existe una amplia controversia sobre las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino, por un lado, se encuentran los estudios científicos que afirman, que estas diferencias son innatas, y se deben a las desemejanzas entre el cerebro femenino y el masculino. Pero, por otro lado, están los investigadores que desmontan esta disparidad.  

Los estudios que afirman estas diferencias han proliferado desde los años 90 gracias a las resonancias magnéticas, que permiten ver qué regiones del cerebro se activan cuando una persona realiza una tarea. Este hecho, ha alimentado un sinfín de libros y artículos de divulgación científica sobre la diferencia entre los cerebros, como El cerebro femenino de Louann Brizendine, traducido a más de veinte idiomas. 

También encontramos una investigación de la Universidad de California en Irvine que concluyó en 2005, titulada La neuroanatomía de la inteligencia general: el sexo importa. Está investigación afirmó que los hombres tienen más materia gris y las mujeres más materia blanca en el cerebro, los resultados de la investigación publicada en Neuroimage, se han utilizado para explicar el talento masculino para las matemáticas y el talento femenino para la multitarea y empatía. 

Otro estudio similar, es el que llevo a cabo la Universidad Yale en 1995, la institución académica afirmo que el cerebro femenino y el masculino procesan el lenguaje de una manera diferente. Aunque digamos que no fue muy exacto, ya que la muestra recogida durante el proceso de investigación fue de tan solo 19 hombres y 19 mujeres, la investigación se publicó en Nature y reforzó la idea preconcebida de que el género influye en las aptitudes lingüísticas. 13 años después, un metaanálisis que reviso los datos publicados sobre la investigación, demostró que la conclusión de los investigadores de Yale era incorrecta. 

El popular concepto sobre que los hombres están programados para tener muchas relaciones sexuales, mientras que las mujeres buscan una estabilidad emocional arraigada en el cuidado de los hijos, se deriva de un estudio llevado a cabo por el genetista británico Angus Bateman realizado con muestras de “moscas”. Los resultados de aquel estudio, publicado en 1943, se dieron por buenos durante 65 años y alimentaron aún más estos conceptos misóginos y machistas.

Cuando intentaron repetir el experimento entre el año 2012 y 2013, los resultados obtenidos fueron distintos a los originales, tras una ardua recopilación de datos, descubrieron que Bateman solo había presentado los datos favorables a sus propias conclusiones, desechando así los datos contrarios. 

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La cara oculta de los estudios neurosexistas 

El principal fallo de los estudios anteriores, es que las muestras para llevar a cabo la investigación, eran demasiado pequeñas como para conseguir un resultado optimo, según revela Gina Rippon, neurocientífica de la Universidad Aston de Birmighan (Reino Unido), en su nuevo libro, The Gendered Brain. La científica utiliza el término “neurobasura” para referirse a este tipo de investigaciones, que ofrecen resultados incompletos o sesgados, este tipo de estudios según apunta Rippon solo sirven para alimentar estereotipos de género.  

La experta, alerta sobre el “neurosexismo” de estas investigaciones, la propia Rippon opina que la ciencia y la sociedad se retroalimentan entre sí, funcionando como dos caras de la misma moneda, si la ciencia ampara este carácter sexista, la sociedad adoptara estas visiones en la vida cotidiana. El cerebro actúa según el rol que se le asigna, con frecuencia lo que se espera de nosotros influye en cómo se desarrolla cognitivamente nuestro cerebro, concluyendo así que la diferencias entre cerebros son meramente culturales, dejando de lado completamente la ciencia. 


Olga Juárez

Periodista y documentalista, dispuesta a aceptar nuevos retos y a adaptarme a cualquier cambio que me haga salir de mi zona de confort.