La historia reciente de Afganistán no ha sido sencilla. Un país al que se ha descrito como “el cementerio de los imperios” o, como corregía el periodista Agus Morales en su ensayo Qué hay en juego en Afganistán, “el cementerio de los propios afganos”. Un país en el que los intereses de las potencias occidentales y de los señores de la guerra se han antepuesto a las necesidades de los afganos propiciando corrupción, desigualdad y pobreza. Casi 20 años después de los atentados del 11S y la consecuente invasión estadounidense, los talibanes han regresado y los derechos que los afganos, poco a poco, conquistaron corren el riesgo de desvanecerse, especialmente los de las mujeres.

En Afganistán nunca fue sencillo ser mujer. En 2001 se ponía fin al régimen talibán y se iniciaba una transición hacia un gobierno democrático liderado por Hamid Karzai -alineado con los intereses occidentales- que teóricamente debía ser reforzado con las primeras elecciones democráticas que se celebraron en 2005. Ese sueño fue utópico y la población conoció de cerca la corrupción y opacidad de un gobierno central que nunca llegó a ser fuerte. 

Sin embargo, en los últimos 20 años las mujeres sí lograron consolidar derechos que durante el Emirato Islámico de Afganistan -nombre con el que bautizaron los talibanes al país- habían caído en picado. Según Amnistía Internacional, en los cinco años de régimen talibán las mujeres no pudieron salir de casa sin ir acompañadas de un hombre, no pudieron trabajar fuera del hogar y todavía menos estudiar. Tampoco podían acudir al médico por su propia decisión y no podían ser tratadas por un médico varón. 

Con el fin del gobierno talibán, la situación de las mujeres afganas comenzó a cambiar de manera progresiva. La llegada de ayudas económicas y sociales por parte de la comunidad internacional consiguió revertir la situación y los derechos de las mujeres y niñas progresaron, aunque de manera desigual en el país. Las mujeres comenzaron a participar en la vida política, económica y social y muchas pusieron en marcha sus propios negocios. Sin embargo, a lo largo de estos años muchas afganas han denunciado que sufren, como consecuencia de ejercer sus derechos, intimidación, acoso y violencia.

El acceso de las mujeres a la educación mejoró, pero nunca llegó a contar con cifras verdaderamente significativas. Según un informe de la UNESCO de 2020, en Afganistán la tasa de alfabetización de las mujeres se situaba en el 29,8% frente al 55% de la de los hombres (link art UNESCO). El objetivo, según una entrevista de esta organización a Mohammad Yasin Samim, asesor técnico superior del ministro de Educación de Afganistán, era que para 2030 “todos los jóvenes y una proporción sustancial de hombres y mujeres adultos tuviesen acceso a oportunidades equitativas en materia de alfabetización y educación básica de adultos”.

El regreso de los talibanes pone en duda que se puedan alcanzar dichas cifras. Si bien, los talibanes han prometido respetar los derechos de las mujeres dentro de la sharía para ofrecer una imagen conciliadora a la comunidad internacional, las propias afganas son las que más temen perder sus derechos -que siempre han sido precarios y con muchas limitaciones.

¿Qué esta en juego para las mujeres en Afganistán con el regreso de los talibanes?

El 15 de agosto The Guardián publicó un texto anónimo en el que una joven afgana relataba cómo había sido para las mujeres la llegada de los talibanes a Kabul. En este, escribía cómo los hombres se burlaban y reían del terror que las mujeres y niñas sentían. 

“Como mujer, siento que soy víctima de una guerra política que los hombres empezaron.

Siento como si ya no pudiera reír, ya no podré escuchar mis canciones favoritas, ni quedar con mis amigas en nuestro café favorito. Ya no podré llevar mi vestido amarillo favorito o un pintalabios rosa. Y ya no podré ir a mi trabajo o terminar mi carrera universitaria que años trabajé para lograr” escribía.

Los talibanes, en su primera rueda de prensa tras la toma de Kabul, manifestaron su intención de respetar los derechos de las mujeres, pero siempre dentro de los límites de la ley islámica. “Las mujeres van a ser muy activas dentro de nuestra sociedad” aseguró el portavoz del grupo, Zabihullah Mujahid. Por el momento, el grupo integrista trabaja la formación de un gobierno, pero ya han prohibido las clases mixtas en universidades.

La Asociación Revolucionaria de Mujeres en Afganistán (RAWA), que lucha por los derechos de las mujeres, recogió las 29 prohibiciones que los talibanes impusieron a las mujeres en su quinquenio gobierno. Algunas eran la obligación de las mujeres de salir siempre cubiertas con un burka, prohibición de reírse en voz alta y de llevar colores vistosos, coger un taxi sin su mahram -parentesco cercano masculino como padre, hermano o marido-, prohibición de montar en bici, llevar tacones o de practicar cualquier deporte. Si se incumplían estas normas las mujeres sufrían azotes, palizas, abusos verbales y si mantenían relaciones sexuales fuera del matrimonio, lapidaciones públicas.

Por el enclaustramiento vivido por las afganas en el anterior gobierno talibán, ahora muchas tienen miedo y tratan de huir del país. La violencia hacia la mujer se convirtió en algo rutinario entre 1996 y 2001. Según denuncia la RAWA, las amputaciones de dedos de mujeres por pintarse las uñas fueron muy frecuentes, y las prohibiciones de los talibanes se cumplieron a rajatabla.

“Lo primero que hicimos mis hermanas y yo al llegar a casa fue esconder nuestros carnets de identidad, nuestros diplomas y nuestros certificados [de la Universidad Americana de Kabul]. Fue devastador ¿Por qué debería ocultar las cosas de las que estoy orgullosa? En Afganistan ya no se permite que se nos reconozca como las personas que somos” contaba la joven afgana, cuyo texto fue publicado por The Guardian.


Paula de la Vega