Llevamos ya varias semanas hablando de los líos y los problemas que nos genera el mundo del corazón. Sin embargo creo que existe otra cara de la moneda que como sociedad, tendemos a olvidar. ¿Qué pasa cuando no queremos saber nada del amor? 

De igual forma que hay épocas donde nos apetece conocer, experimentar y dejarnos llevar por un encaprichamiento, hay otras donde tenemos que aceptar que lo mejor para nosotrxs es cerrar el corazón por un tiempo. Y es que, muchas veces planteamos la soltería como una carrera constante. Tras un amor nos enganchamos a otro como yonkis, buscando nuestra dosis de dopamina.  Pero hoy quiero hablar de “la pausa, ese periodo cuando decides dedicarte simple y llanamente a ti mismo

Lo curioso de este proceso, a pesar de lo que se suele creer, es que no viene necesariamente después de un corazón roto. Muchas veces no nos apetece empezar, no nos apetece conocer a nadie, ni volver con nadie: y eso, a ver si nos entra en la cabeza: está bien. De hecho, empiezo a creer que las mejores cosas empiezan después de haber disfrutado de ese tiempo solo. No se trata de saber qué quieres, se trata de tener ganas de tenerlo.  

No se trata de saber qué quieres, se trata de tener ganas de tenerlo

Cuando estas cerrado al amor toda esa energía que se necesita para el mundo de las citas está dedicada por y para ti. El amor es juego de dos, pero sólo tiene una casilla de salida: las ganas. En ocasiones, forzamos situaciones o momentos porque parece que es lo que toca, y precisamente el amor trata de todo lo contrario. Si tu corazón te pide un descanso o simplemente, no quieres encontrar pareja, todo el abanico de posibilidades previo es legítimo (por mucho que el día de San Valentín nos diga lo contrario). 

Urbanita, si el cuerpo te lo pide, cierra el corazón y desinstálate Tinder. Sin fechas de caducidad, sin límites y sin dar explicaciones porque el desamor o el no-amor funciona exactamente igual que las relaciones: tus emociones solo las mides y las entiendes tú.